viernes, 21 de octubre de 2011

Crítica de Antonio Malpica. Arqueología Medieval. Universidad de Granada


Dicen que un hombre sabe que empieza a envejecer cuando al mirarse en el espejo reconoce a su padre». Esta frase de Jordi Esteva, en su espléndido libro Socotra la isla de los genios, Barcelona, 2011, p. 256, expresa uno de los  sentimientos más fuertes que tiene en el momento en que escribe: la búsqueda de los sueños de la infancia y una ajuste de cuentas consigo mismo y con el mundo que le rodea.
Leyendo, mejor dicho devorando y al mismo tiempo disfrutando, las páginas que ha escrito me hago eco de otra de las frases que incluye. Se refiere a los Kunkel, un matrimonio alemán que vivió en las proximidades de Almería. Ella era amante de los animales; él, botánico. Conozco las obras de Günther, el marido, porque otro botánico alemán, Thomas May, con quien colaboré en sus trabajos sobre la Contraviesa, me recomendó algunos de sus libros. Entre ellos destaco Flórula del desierto almeriense, (mapas y dibujos de Mary Anne Kunkel), Instituto de Estudios Almerienses, Almería, 1987, y El libro de las malas hierbas y su importancia socio-económica, Cajal, Almería, 1987. Jordi Esteva se refiere a ellos en este libro sobre Socotra: «Son tantas las personas que se van sin saber que apenas con su actitud o con una conversación, en la que quizá ni siquiera repararon, nos abrieron los ojos a un mundo nuevo» (p. 249). Creo que nuestro amigo es una de las personas que más nos ha abierto los ojos a mundos nuevos, que, sin embargo, son viejos. Espero que lo sepa y, si no es así, que todos se lo digamos.
Confieso que sus libros han permitido recorrer caminos maravillosos. Hablo solo de mi experiencia. Dejo a un lado tantos trabajos suyos y me concentro, antes de referirme a su última obra, en Los oasis de Egipto, Barcelona, 1993. En él me enseñó lo que es realmente un oasis, mejor dicho, lo que ha sido, porque el turismo de masas, ese cáncer de la cultura, ha empezado a penetrarlos y a transformarlos en objetos de un consumo indiscriminado. El oasis es un agroecosistema muy complejo, en el que el desierto, la no vida, lo rodea. Esa imagen de un campesino mirando al cielo en medio de un campo de cereal es toda una lección de cómo el hombre es capaz de crear vida, como si de un demiurgo se tratase, en medio de la nada, del vacío, que, sin embargo, no es tal. Es toda una lección de arqueología del paisaje, y no sé si él es consciente de lo que estaba enseñándonos con sus maravillosas fotos y sus inteligentes textos.
En Socotra Jordi Esteva llega a una de sus máximos logros. Es cierto que se trata de una isla apartada entre el Cuerno de África y la Península Arábiga en la que se encuentra una vegetación y una fauna que nos hablan de una época tan remota que nadie pensaría que estamos en este mundo frenético y neurótico que nos ha tocado vivir. Se trata de un espacio primitivo, pero no en el sentido del pensamiento burgués tradicional, que busca el buen salvaje para que reconozca las primacía de la cultura europea, lo que condenó sin paliativos Joseph Conrad: «La conquista de la tierra, que por lo general consiste en arrebatársela a quienes tienen una tez de color distinto o narices ligeramente más chatas que las nuestras, no es nada agradable cuando se observa con atención. Lo único que la redime es la idea. Una idea que la respalda: no un pretexto sentimental sino una idea; y una creencia generosa en esa idea, en algo que se puede enarbolar, ante lo que uno puede postrarse y ofrecerse en sacrificio...» (Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas).
El mundo que nos revela nuestro amigo Jordi es un resumen del que se creó en el Neolítico, cuando el hombre descubrió que podía extraer bienes de la naturaleza por su propia mano, con la condición de integrarse en ella y devolverle una buena parte de lo que le toma. Eso sucedió en torno al 8.500 a. C. Desde entonces hasta mediados del siglo XX, el mundo ha girado en torno a la necesidad de que el hombre y la naturaleza vivan en un proceso constante de intercambio de energía para mantener el equilibrio más que necesario, absolutamente imprescindible.
En Socotra aparece ese mundo, naturalmente evolucionado. Los pastores son los personajes principales, si bien irrumpe el mundo de los pescadores y marinos, que tan bien conoce Jordi Esteva (Los árabes del mar. Tras las huellas de Simbad: de los puertos de Arabia a la isla de Zanzíbar, Península, Barcelona, 2006). No vemos casi nunca a los agricultores, porque da la impresión que más que cultivos lo que se daba era recolección de productos como los dátiles de las palmeras y las esencias de los árboles (sangre del draco, incieso, mirra), objeto de comercio y culto desde las primeras civilizaciones. El mundo vegetal que nos muestra, como él mismo señala preocupación importante suya desde que conoció a los Kunkel, es sencillamente fantástico, aunque real. Pero también hay una preocupación por lo mineral, cuyas formas parecen que han surgido en ese momento de las entrañas de la tierra. La búsqueda constante de Jordi Esteva es la de una armonía entre el hombre y la naturaleza, con el peso incuestionable de ésta. Asistimos al espectáculo de un mundo que parecía acabado y que nos permite entroncar como mínimo con la época de los grandes saurios, en el que el hombre es un elemento más, lejos del primitivismo que lo disminuye ante la mirada de nuestra civilización.
Creo que este libro es una ajuste de cuentas del autor con su propia historia y con su vida, salpicada de viajes y emociones desde la infancia, recogidas en sus espléndidas fotografías, cuyo tamaño pequeño no impiden admirar su maestría para las imágenes. No sólo lo hace consigo mismo, sino que nos obliga a hacerlo también a nosotros con el mundo en que vivimos, en el que ha desaparecido la fantasía, la emoción, la sensibilidad ante espectáculos tan poderosos, perdidos por una racionalidad que no permite comprenderlo, sino someterlo y reducirlo a un consumo que lo destruye.
Con toda la humildad del mundo quiero agradecer esta última aventura a Jordi Esteva, que me ha enseñado a comprender qué significado tiene el Neolítico cuando está a punto de desaparecer, que nos hace ver cómo hablan los hombres con las montañas, que nos permite ver la naturaleza no dominada por el hombre, aunque este fuera reducido por un comunismo intolerante y chato y una religión castradora.

Socotra en La Voz de Galicia

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